EL CARNERO ALADO
Escrito por WILLY   
Venres, 26 Febreiro 2010 14:43

EL CARNERO ALADO

EL FINAL NO SE ENCONTRABA ALLÍ DONDE SE HABÍA IMAGINADO

Era gente de dinero, sino no se entendía que la denuncia aquella se hubiese tramitado. Pero era un hecho que la acusación paso el trámite y, llegó a la sala de aquella ciudad pequeña un caso más bien singular.

 

-¿Cómo se declara el acusado de los cargos que se le imputan?- preguntó el juez con voz grave mirando con ojos acuosos al procesado.
-Inocente Señoría, inocente.
-Bien, se abre la vista oral – dijo el Juez después de mantener la vista medio minuto entre los ojos de las personas que abarrotaban la sala.

-Puede intervenir el abogado por parte de la acusación – y golpeo débilmente con el martillo su macizo pupitre de madera.

- Con la venia, Señoría. Con la venia: Primeramente quiero sintetizar los cargos que detalladamente vienen en los infórmenes de los que todos somos conocedores:

-Tengo que decir – prosiguió el abogado- que mi cliente a denunciado a D. David Ares, por el hecho intangible y objetivo de hurto; por un valor que aunque le tengamos que poner un numero por que así lo requiere el procedimiento, es incalculable.

En la sala, los cuchicheos comenzaron sibilínamente, dando paso inmediatamente a las sonrisas personales y a las risitas entre partes. Muchos se abrazaban la cara con las manos para evitar que las muecas fueran visibles.

Enseguida, el Juez percutió una vez el martillo y el silencio hizo espacio a las palabras del abogado:

- Decía Señoría, que el acusado aquí presente; Valiéndose de toda clase de artimañas, presiones, triquiñuelas legales y toda una batería de artificios sicológicos:  robo, hurto, y saqueo a mi cliente durante seis años un bien con un valor incalculable y, que la acusación ha estimado en tres millones de euros.

La sala estalló en autentica devoción. Esa emoción era la más temida por los jueces , pues cada uno de los allí presentes adoraban a un santo distinto creando una confusión caótica en la lucha por intentar beatificar al suyo.

El martillo batió con más dureza la madera noble de roble
-Orden, orden

El bing – bang se calmó, y la materia volvió a rotar ordenadamente sobre la atracción que conseguían las novedosas palabras del abogado defensor que protestando cogió el turno para hablar:

-Protesto, Señoría, protesto. No se pude dar un valor así a la ligera a un bien que ni siquiera esta definido. Y que además, mi cliente afirma que él no tiene. Por lo tanto, difícilmente lo ha podido robar. A las pruebas me remito, Señoría. No hay ni una sola prueba que avale a la acusación. ¡Ni una!

-Con la venia, Señoría – intervino el letrado de la denunciante
-Con su aprobación abogado, voy a suspender el juicio durante tres cuartos de hora – contestó el juez a la mordaz educación del abogado.

El café y la prensa estaban esperando. El café a los espectadores y la prensa a los actores.

-Tres millones de euros le han pedido. ¿Qué opinión le merece?- preguntó una de las muchas periodistas que armada con cámara y grabadora peleaba en la batalla del trabajo por sacar un titular.

-Mi cliente no va a responder a ninguna pregunta. Pero no se entiende muy bien como solicita semejante cantidad sin pruebas de cargo. Mi cliente en estos momentos tiene que estar tranquilo por dos cosas: primera; por que él no lo hizo, y segundo; porque ni tan siquiera debilidad tienen las pruebas.
- ¿No le preocupa que el abogado de la acusación halla ganado juicios inverosímiles? – preguntó nuevamente la trabajadora de los Medios
-Lo dice por el caso de aquel hombre que se denuncio a sí mismo.
-Si, el mismo.- contestó enseguida la periodista pasando a demostrar su buena memoria:
– Creo que se denuncio por intento imaginado de asesinato de su esposa. Si no recuerdo mal, le cayeron cuatro años.
-Este caso es distinto. – dijo el togado – Aquella vez el abogado defensor luchaba contra la inteligencia de su cliente. Si éste hubiera ganado, si que hubiese sido un caso inverosímil. La mente de aquel sujeto encerró al cuerpo cuatro años, no el abogado.
-No hay más preguntas – Aclaró al rematar su contestación el togado-

La sala volvió a llenarse. La gente que no pudo entrar tuvo que contentarse con esperar fuera para ir siguiendo los rumores; que a medida que iban cambiando de chaqueta también cambiaban de color.

El abogado de la acusación llama a declarar a su primer testigo Doña Adoración Álvarez – dijo el secretario
Adoración pasó al estrado con paso firme. Su mirada se concentraba en el atril donde debía de declarar, aunque sonrió varias veces no quedó ni un solo semblante en su recuerdo. Su mente solo absorbía expresiones y no vio ninguna.

Señora Álvarez. Dijo el abogado de la denunciante- ¿usted conoce a mi cliente la Señora Cristina Díaz?
-Sí, por supuesto
-¿Desde cuándo la conoce?
-Desde que éramos niñas
-Podría decir los años, Por favor
-Unos veinticinco años
-¿Mantuvo la relación de amistad durante todo ese tiempo?.
- Bueno los últimos ocho años, solo cuando coincidíamos, y alguna vez que quedábamos para tomar algo.
-Bien. ¿Conoce al denunciado el Señor David?
- Sí. Era el novio de Cristina.
-¿Podría decir desde cuándo le conoce?
-Sí. Desde que se liaron
-Desde que se conocieron dice usted.
-Eso. Desde que se enamoraron
-Y de eso, ¿cuánto tiempo hace?
-Siete años
-¿Podríamos decir que era una persona huraña?- preguntó el letrado

-Protesto dijo el abogado del acusado. Esta intentado dirigir al testigo.
-Se admite la protesta - dijo el Juez
-Bueno señora. ¿Cómo describiría usted al señor David?

-Seco. Su presencia me traía la misma sensación que cuando como palomitas, que tengo que beber inmediatamente algo para acabar de tragarlas. Cada vez que le veía siempre me sucedía lo mismo y forzosamente tenía que enfriar mis sensaciones con eso que llamamos cultura. ¡Es curioso! eso mismo me ocurre últimamente con mi amiga.
-Quiso decir educación. ¿No?
La testigo no contestó se limitó a mirar al letrado con la boca abierta y la nariz arrugada.
-No hay más preguntas dijo el letrado mientras se dirigía hacía su asiento.

Turno del abogado de la acusación. ¿Tiene alguna pregunta para la testigo?
-Sí claro.- Dijo el letrado levantándose y dirigiéndose al atril de la testigo:
-Ya sabe que sigue bajo promesa.
-Sí por supuesto. Pero yo Juré – Contestó la testigo
-¿Llegó ha conversar con Don David en algún momento? – preguntó el abogado
-Los dos últimos años si que palique con él. Parece como si hubiesen cambiado las tornas, ella se volvió una uva pasa y él una uva de fin de año.
- Bien, le agradecería que no se extendiera tanto – Recriminó educadamente el abogado, para continuar inmediatamente:
-¿Le gusta mi cliente?
-No, por favor.
-Dígalo tres veces
La testigo se echo a reír pues no entendía la pregunta:
-¿Por qué?
-Por tradición, señora. Simple tradición.
- No. No y no. ¿Cumplí ya con regla?
-Perdone, pero era para dejar bien clara su independencia. – Se disculpo el letrado.
-Dice usted que era un hombre seco. Perdone pero veo que entiende usted bastante de climas y de frutos. Por curiosidad ¿dónde trabaja usted?
- En una frutería.
- Ahora ya entiendo.- razonó el abogado tan solo para unos cuantos, pues alguien en la sala, había abierto el bote de la risa enlatada y había contagiado hasta a los que seguían el juicio en los pasillos.
Una pregunta indiscreta asociada a una respuesta posible puede producir algo de difícil explicación cuya primera manifestación es la risa.
- ¿Qué ocurre, qué ocurre?
-Nada. La testigo que se esta comiendo unas palomitas que trajo de su tienda.

El juez valoró la situación y decidió probar las nuevas tecnologías. En el mismo momento que apretó el botón, el martillo neumático dorado batió tres veces en la madera; consiguiendo en la sala un eco tan exacto como el mismo sonido que produjo. El juez no tuvo necesidad de utilizar el lenguaje. La tecnología había conseguido la ingravidez en los espectadores.

El juez inmediatamente intimó consigo mismo y puso palabras a la sorpresa:
- Carallo, isto vai!

Aun mirando para el estrado y con cara de perplejidad el abogado consiguió seguir con las preguntas:
-Entonces, como me definiría a mí, señorita.
-Protesto- dijo el abogado de la acusación. El abogado no es el que esta siendo enjuiciado. Y además no es señorita sino señora.
-Perdone Señoría –dijo el letrado de la defensa - pero trato de saber si el termino seco es sinónimo de algo bueno. Y por lo demás mis informenes ponen que la testigo es soltera.
- No se admite la protesta. Siga abogado - dijo el Juez impertérrito
-Bueno señora. ¿me podría definir a mí como persona?
-Ácido. Y de hecho cuando salga de aquí voy a ir a la pastelería de mi amiga.

El abogado frunció el ceño. La frutera estaba resultando un tanto histriónica, pero podía estar acertando, o peor aún, convenciendo.
- Limítese a contestar  a la pregunta - dijo un segundo después el togado.
Mucho tiempo en cuestiones de cara a cara. Porque a la testigo le dio tiempo a superar la escena anterior y, a sacar fuerzas para preguntar con el rostro ya activado para recibir una reprimenda:
-Le digo la fruta
-No, no hace falta. Pero dígame, ¿por que lo seco le produce instantáneamente agresividad en contra de aquel que a su juicio lo es?
- Bueno, será porque como lo sitúo en el mismo nivel de inteligencia que yo, y al mismo tiempo, considero que si no gesticula ni dice nada es porque lo que esta pensando no es bueno.
-¿Y no puede se que sea tímido?.
- Yo a los hombres no les doy esa ventaja
-¿Considera que mi cliente puede llegar a intentar quedarse con lo ajeno?
-¿Qué si es un ladrón!,dice?
Los ojos del togado pestañearon con afabilidad
-Eso nunca lo había pensado.- respondió la testigo
-Bien. ¿Sabe usted por qué se esta enjuiciando a mi cliente?
- Bueno la palabra técnica, no me sale ahora. Pero la sé ¡eh!, la sé. Pero le denuncio por bruto. Sí, era bruto. Sí.
-Pues no señorita, le ha denunciado por ladrón.
-¿Por ladrón?.
-Si ha entendido bien, por ladrón. Por robarle la personalidad. ¡Ya ve usted que cosas!. Y pide nada mas y nada menos que tres millones de euros.

-Señoría dijo a viva voz el abogado de la acusación – No tengo más remedio que mostrar mi desacuerdo. El abogado del acusado no esta siendo fiel al principio ni a la filosofía de la denuncia:
La denuncia dice textualmente cambiarle la personalidad. Literalmente señoría, Doña Cristina, aquí presente, tiene en estos momentos la personalidad del acusado, y el acusado tiene la de mi cliente. Tengo informenes de psicólogos que llegan a afirmar “que incluso a mí cliente le gustan las mujeres”.

Todas las miradas de la sala, incluso las del Juez, se clavaron en el acusado buscando algún tic de mujer en sus ademanes.

Los que no podían ver, preguntaban y definían aquello que la imagen les privaba. Fuera en los pasillos se rumoreaba:
-¡Es gay!, dicen que es gay.
-¿Tres millones por ser gay ? Claro ahora ya se entiende. Incumplimiento y engaño.
-¡Ahí que cumplir, macho!. Sino te puede salir muy caro

-Acérquense un momento al estrado los abogados – Solicitó el Juez con cierto enfado.
Los togados abandonaron sus posiciones y fueron hasta el frontal del estrado del juez.

- Miren están complicando esto hasta el absurdo. No será más idóneo que cambio de personalidad sea lo de siempre; más triste, más huraña. Sicológicamente inestable, ya saben ¡lo de siempre!.
-Eso – dijo el abogado del acusado
-Eso sale muy barato – matizó muy serio el abogado de la denunciante.
-Pues entonces tendremos que valorar la personalidad de mi cliente y luego echar las cuentas – medió inmediatamente el togado de David.
-Pues eso es lo vamos hacer – protesto sin pestañear el otro abogado.
Los letrados volvieron a ocupar sus posiciones y el abogado de la defensa manifestó:
-No hay más preguntas.

Después de declarar varios testigos, la sala, tuvo más la impresión que la certeza, de que ella en esos momentos era más parecida a la personalidad de él en los inicios de la relación. Esa impresión cobraba aún más fuerza cuando se referían a él. David continuamente estaba pendiente de su pelo.

La acusación llamó a declarar al acusado, y este subió al estrado muy examinado por todos los de la sala. Cuando en el estrado tomó asiento, y se vio entre las barandillas del claustro que cruzó las piernas, todas las miradas intercambiaron impresiones.

-¿Se llama usted David?
-Sí, claro.
-¿Le gustan los hombres o las mujeres?.
-Protesto, mi cliente no debe responder a esa clase de pregunta.
-Cambie la pregunta abogado. Dijo el juez
- ¿Se caso usted con Cristina por qué le gustaba, o por algún otro motivo?.
- Porque me gustaba.
-¿Considera usted que en los últimos siete años  hubo  algún cambio en su personalidad?
- ¿Quién no? El paso del tiempo es incuestionable.
-¿Entiendo que es un sí?
- Sí, claro, por supuesto. Negarlo sería más complicado que permanecer juntos en una película de miedo.
-El abogado miró hacia su ayudante y reclamó:
-Prueba número tres
Sobre la pared blanca de proyecciones apareció Cristina manteniendo una animada conversación con unas amiga en las que entre sonrisas utilizaba esas mismas palabras: “Eso es más difícil que permanecer juntos en una película de miedo”
-Protesto. Es un montaje – dijo indignado el defensor.
- Un montaje preparado para una posibilidad entre un millón.¡ Increíble!
-No. Para una entre cien, abogado – contestó el otro letrado. – No podemos olvidar que convivió un tiempo con la denunciante.
- Se admite –Respondió el instructor impasible.

El acusado respiró profundamente y, al mismo tiempo, se movía inquieto en el sillón buscando renovar la sangre de sus piernas.

Mirando para el abogado fijamente, se echó hacía atrás para dejar que el aire circulase mejor por sus pulmones y ganar la suficiente confianza como para no poder reprimir la tentación de comentarle al abogado:
-Me da miedo abogado. Más incluso, que el último suspiro ronco de un moribundo.
El abogado miró a su presa y dedujo que el interrogado decía la verdad, pero que con el tono intentaba confundirlo, inmediatamente intuyó que debía dejarse infectar del humor que pretendía inocular el acusado:
-Bue.. Bueno – dijo al fin - Y retirando la mirada que mantenía con su interrogado dio un paso hacía atrás.

No tiene nada. Intuyeron los que más sabían del procedimiento.
El acusado, instaló en su rostro una sonrisa al ver como el abogado retrocedía y procedía a recoger los folios del suelo que en ese momento había soltado el abogado.
Cuando el togado recuperó su postura erguida, pudo ver como David mostraba su felicidad con una amplia sonrisa, mientras que se recolocaba el pelo con una de sus manos con inusual pero bella lentitud.

-La prueba no valía. Pero he de recordar que el acusado utiliza otra expresión que la denunciante utiliza en la misma grabación que se puso como prueba número tres.
-Protesto, si no valía no puede hacer mención a ella.
-Admitida. Siga abogado.
-Así que usted admite que cambio – reflexionó en alto el letrado – No deja de ser curioso, o por lo menos peculiar, que el giro lo ha dado en contra del tiempo. ¡Del mismo que usted sabe tanto!. Pues mientras casi todo el mundo, sobre todo los hombres, con la edad nos hacemos un tanto más callados, más silenciosos, más secos. Usted singularmente, que a los cuarenta y cinco años era taciturno, según numerosos testigos, ahora, a los cincuenta y cinco se ha convertido en una persona jovial. ¿No es así? -Terminó preguntando el abogado.
-Sí. ¿Cometí algún delito?
-No, no. Pero nos lo tiene que contar ¡aunque perdamos!
-Me he perdido -aseveró el acusado
-Déjelo. No hace falta.
-Usted, antes de conocer a Cristina ¿se disfrazaba los días de carnaval?
- No, nunca tuve tiempo.
-Y mientras convivió ¿se disfrazaba usted?
- No tampoco
-¿Y ella?
- Sí. Los primeros años.
-Y cuando dejó la convivencia, ¿se disfrazó usted?
-Sí, alguna vez.
-Prueba numero cuatro, señor Gilberto.
El auxiliar mostró unas fotografías de una gran calidad, en las cuales, se veía al acusado disfrazado con una gran sutileza, elegancia y sofisticación de mujer.
-¿Se reconoce en la fotografía.?
-Sí, pero que yo sepa no es pecado ser, ¡perdón! vestirse de mujer.
-No. Señor David. La libertad no nos deja juzgar el ser, ni el querer ser ni parecer, si no los medios utilizados para conseguirlo, y estos tienen que ser legales. Y usted mediante presiones de todo tipo, argucias sicológicas y psicotrópicas , fundamentadas en un amor pasional desesperado, de los que nunca alcanzan el sosiego ni la tranquilidad. Empujo y empujo el deseo y la curiosidad hasta colarse por la trampilla de lo irreconciliable. Posiblemente, sin llegar usted a quererlo. Pero satisfizo su curiosidad desde el mismo momento en que la destruyo. Luego, aprovechándose usted del caos recogió su personalidad y se adapto. A ella solo le quedaba imitarle.
-¿No es así?
-El acusado no respondió, se acurruco un poco en el sillón esperando que alguien lo salvara.
-Pase la prueba numero cinco.

La fotografía, mostraba a Cristina portando un bolso poco antes de haber conocido a David. El parecido de los ademanes era  asombroso para los desconocidos y patético para los eruditos del caso. Era el plagio perfecto de trasgresión.
No hay más preguntas.

El abogado se dirigió a su asiento y observó las impresiones por el ruido de la sala. Era experto, incluso el silencio tenia grados y tonos distintos. Le agradó

-El abogado defensor ¿quiere hacer alguna pregunta?.- Preguntó el Juez
-Sí, Señoría. Tan solo una pregunta para mi cliente:
-Señor David; ¿usted es psicólogo?
-No
-No hay más preguntas.
Mientras el abogado de David se expresaba en jerga judicial con el Secretario del juzgado. La sala tomo resuello y postura para escuchar las respuestas más esperadas del juicio; las que afirmaban que ella no era la que debía ser, y que un alguien le había robado.

-El abogado la defensa llama a declarar a Cristina
La mujer vestía unos pantalones anchos y una blusa que de ninguna manera combinaba con el peinado que llevaba. Unos ojos pintados con demasiada prisa intentaban imitar la alegría de un deseo guardado. Los detalles en su ropa destacaban sobre todo los defectos, como si la casualidad quisiera unir las miradas a las zonas mas zafias del alma.

Tomó su asiento apoyando sus dos pies en el suelo y luego de colocar los codos en el atril se predispuso para el interrogatorio:

-¿Usted se llama Cristina Díaz?
-Sí
-¿Convivió con Don David aquí presente?
-Sí
-¿Cuanto tiempo?
-Siete años
-Puede decirnos, ¿si todavía le gusta mi cliente?
- Más que nunca

Los murmullos comenzaron a circular por la sala, pero la misma respuesta conseguía frenar el timbre del barullo. De esa forma el Juez no tuvo que ayudarse de las nuevas tecnologías.
El abogado de Cristina, en su asiento, escondía la cabeza con sus manos como queriendo preparar el próximo acto. El desarrollo del juicio no le había dado motivos como para pensar que iba a perder. Ahora dudaba.

-Entonces. podemos interpretar que usted le ha denunciado para vengarse. Bueno, para darle una lección.
-No. Para intentar recuperar lo que me pertenece.
-O sea, él. – subrayo con frenesí el togado
-No. Mi personalidad. Por eso me gusta más que nunca. Me echo mucho de menos. Me gustaba como era yo antes. Cuando le veo me recuerdo.
-Usted ¿creé de verdad que le han robado?.
-Sí, por supuesto
-Pero ¿de verdad piensa que puede alguien robar la personalidad?, mejor dicho; ¿intercambiar la personalidad?.
-Eso lo que debe desmontar usted, es su trabajo. Yo desde luego me siento distinto, perdón, distinta.
-Muy bueno el montaje. - Dijo el abogado con sorna.

La denunciante miró impasible al abogado.
- ¿Recuerda usted de su infancia?- preguntó nuevamente el letrado
- Sí, desde luego, fue muy feliz
-¿Me podría decir cuantas son siete por ocho?
- Sí claro. No pensará que soy tonta. Son cincuenta y seis
-Bueno, no esta mal –dijo el abogado mesandose la barbilla aparentando meditación. Luego volvió a la carga:

- ¿Usted creé en los Carneros alados?
-Como elementos de fantasía, desde luego que sí.

- Bien, - aclaró el letrado, para enseguida continuar -  le voy a crear una situación y luego usted responde a dicha coyuntura. ¿Esta claro?
- Muy claro – aclaró la testigo
- Vale, empezamos – señaló el letrado:
-Si un Carnero alado entra en un redil de ovejas en época de celo ¿piensa usted que los corderos nacerían con alas, o por el contrario no las tendrían.?

La sala rugía en silencio. Expectantes y con la respuesta en sus labios, los espectadores, esperaban escuchar las mismas palabras que ellos tenían en la punta de la lengua para poder mojar nuevamente el paladar que el aire les había secado.

El abogado de la denunciante se movió inquieto. Esas preguntas tan sencillas no le traían buen presagio.
- ¡Qué cosas pregunta usted! Como las van a tener.
- Responda con más certeza.- Incriminó el abogado
- No, No las tendrían.

- Bien – prosiguió el letrado – Por lo visto su memoria esta intacta. Su razonamiento también esta en buen estado. Y como mujer que sigue siendo, consigue mezclar datos sacados del hemisferio del cerebro que rige los parámetros científicos, con los del otro hemisferio que guía los elementos imaginados. Como demuestra que usted ha dado por cierto que existen los Carneros alados, al dar por sentado que de tal unión los corderos nacerían. Con su respuesta quiere ir más allá que un hombre, y con una sola respuesta responder a dos cuestiones, pero no acierta. Sobre todo si le escucha un varón.

-Bien señora. Yo ya hice mi trabajo. No hay más preguntas.

El barullo se instaló de nuevo en la sala. Los allí presentes se interrogaban con curiosidad para comprobar el razonamiento del abogado. El ajetreo traspasó las puertas y la multitud de “ciegos” comenzaron su peculiar lectura en brailler:
-¿Por que arman tanto escándalo ahí dentro?
-Al parecer, la que denuncio creé en los Carneros alados.
-¡Cómo yo!. Esta señora cada vez me gusta más
-
Utilizando el viejo método, el Juez atizó el martillo contra la gruesa madera del estrado.
-Orden, orden.
-El abogado de la denunciante tiene que hacer alguna pregunta?.
- No, Señoría. No hay preguntas.
- Bien, este jurado ya ha escuchado a las partes. El juicio queda visto para sentencia. Se levanta la sesión.

A los tres meses se supo la sentencia. La sala estaba menos concurrida pues todos confiaban en la comodidad de la información de los medios.

- Levántese el acusado - Dijo el juez – Es usted culpable de aplicar métodos de guerra en un tiempo y relación de paz. Siendo estos métodos para una relación tremendamente injustos y salvajes incluso estando en guerra.
Por lo tanto, le condeno, a que durante un año como mínimo y un máximo de tres, considerado este máximo por la denunciante; Haga usted trabajos sociales en el centro psiquiátrico de la ciudad, por un tiempo no inferior a treinta horas al mes. Por incumplimiento de condena, se aplicara una sanción de veinticinco mil euros hora incumplida, redundando en beneficio de la acusada. Además deberá abonar a la acusada la cantidad de...

 

 

 

 


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