Genéricos sí, genéricos no

 

El quehacer diario del médico está lleno de diversas complejidades que debe resolver con el mayor grado acierto posible,  no estando tampoco exento de dificultades añadidas por parte del propio sistema público de salud.

Las que aporta este último estamento al buen ejercicio de la medicina, por destacar alguna, son dos principalmente: el tremendo exceso de demanda de atención médica, y que en la atención primaria (médico de cabecera o de familia) se agrava por la inmensa burocracia que le absorbe casi la mitad del tiempo que tiene para dedicar a cada paciente (unos cinco minutos de media como mucho), y el insistente mensaje por parte de las distintas administraciones sanitarias autonómicas del uso de medicamentos genéricos en detrimento de los de marca u originales.

Comentaré sucintamente lo que para mí tiene de dificultad este último apartado.                                                                                          

El profesional de la medicina debe afrontar en el proceso diagnóstico de toda dolencia del paciente el siguiente camino: oír del propio paciente lo referente a su dolencia actual, precisar los datos aportados (esto se denomina anamnesis), pasar a realizar una exploración tanto del sistema corporal aparentemente causante de la enfermedad como del resto del organismo (la exploración física), la realización de pruebas analíticas, radiológicas, etc. con las que precisar, confirmar, o ambas, el diagnóstico que en las fases anteriores se haya sospechado (uso de pruebas complementarias), para finalmente, una vez decidido cuál es el diagnóstico del problema de salud que refiere el paciente, pautar unas medidas farmacológicas, no farmacológicas, o ambas, con la pretensión de curar o mitigar la dolencia del sujeto.

En este continuo de anamnesis, exploración física, pruebas complementarias, diagnóstico y tratamiento, el profesional médico no solo debe estar en posesión de los conocimientos más actualizados y amplios posibles, sino que debe tener una exquisita pericia en puntualizar aquellos datos más importantes que nos aporta el doliente, con preguntas bien dirigidas y que aporten información de alta relevancia clínica. Se puede pensar que esto es fácil y consustancial al título que se otorga al finalizar los estudios de medicina en la correspondiente Universidad, pero no es así, puesto que cada ser humano médico es distinto, y eso entra dentro de la capacidad de cada uno para tener el “arte” de ejercerla, teniendo unos mejor criterio que otros.

Si ese continuo ya no está exento de dificultades, hay que añadir a que la enfermedad en ocasiones se presenta (“da la cara”) de la forma más ambigua y desconcertante posible (por eso aquello que decía nuestro admirado Dr. Gregorio Marañón de que “no hay enfermedades sino enfermos”, porque la misma enfermedad de un sujeto a otro, no solo se manifiesta distinta, sino que también lo es su evolución), y también la falta de tiempo por la excesiva demanda y burocracia de las consultas médicas de atención primaria, se debe reconocer que la práctica médica diaria no se contextualiza en el marco más idóneo posible.

Juntemos a todo lo anterior la aparición de unos fármacos que son copia de los originales y que se nos dice tienen las mismas cualidades terapéuticas (de curación) que estos últimos.

Si ya tomar la decisión de escoger entre varias posibilidades diagnósticas la que parece explicar más fehacientemente la dolencia que el paciente manifiesta y lo que las pruebas complementarias nos indican, no carece de riesgo de equivocación; si el decidir con posterioridad cual es el régimen terapéutico más adecuado a esa dolencia tampoco está exento de la posibilidad de errar, ¿cómo no va a estar desorientado el que ejerce la medicina cuando además le surge la duda (cada vez con menos fundamento por las experiencias acumuladas al respecto) de si la terapia farmacológica que va a usar no es la de la casa matriz que la investigó y descubrió y, por tanto teme su ineficacia?

La industria farmacéutica investigadora suele convenir con el Ministerio correspondiente (pero nunca con los profesionales médicos) el precio con el que saldrá al mercado la sustancia permitida para ser usada en determinadas enfermedades, siendo, por lo general, elevado. Lo achacan al coste de la investigación, tanto antes del lanzamiento (para conocer sus indicaciones y saber que es inocuo) como después para evitar efectos indeseables de su uso masivo en humanos.

De treinta años para acá las herramientas farmacológicas que los médicos poseen han experimentado un grado tal de mejora, que enfermedades que antaño parecían incurables hoy lo son con solo ingerir unas “pastillas”. Además, cada vez los fármacos son más inocuos para su uso crónico, detalle este muy importante puesto que la medicina moderna más que curar atenúa las enfermedades que, por ello, se tornan crónicas. El caso más reciente es el del SIDA, que cuando a mediados de los ochenta del siglo pasado apareció en las costas californianas de USA, la mortalidad debida a la enfermedad era, pasados unos años, del cien por cien. Hoy, gracias a poseer los conocidos como antirretrovirales, el paciente afecto del SIDA o de la infección por el Virus de la Inmunodeficiencia Humana, se vuelve un enfermo crónico y, en muchos casos, con una supervivencia a la infección, incluso, de décadas.

Por otro lado, los denominados genéricos, suelen tener un precio menor de al menos un treinta por ciento respecto a los originales, por lo que su prescripción masiva por el colectivo médico supondría un ahorro a la sanidad pública muy importante.

La pregunta primordial es ¿se debe usar genéricos (dando por hecho que son iguales en eficacia que los originales) para abaratar los costes de la sanidad pública, o los originales para que la industria farmacéutica siga investigando y proporcionando nuevas herramientas farmacológicas que suelen ser cada vez más eficaces?

Pues en esta tesitura se encuentra el profesional médico que no sabe muy bien por donde dirigir su actuación terapéutica.

Si usa principalmente originales, el gasto en medicamentos lleva al Estado del Bienestar a la bancarrota. Si usa exclusivamente genéricos (hay muchas marcas originales que nos les venció aún la patente y no cabe otra opción que seguirlas prescribiendo mientras ella esté en vigor) la duda es si  los laboratorios que investigan pudieran trasladar sus plantas de investigación y desarrollo a lugares lejanos de nuestro país. Eso al menos es lo que escucho con cierta frecuencia cuando se dice que el precio de los medicamentos en España es el más bajo del resto de los países de la Unión Europea (la antigua de los quince miembros), siendo este el motivo por el que se asegura que no todos los medicamentos existentes mantengan abastecido el mercado español durante todo el año, siendo el motivo de ello que son desviados a otros sistemas nacionales de salud extranjeros donde tienen un mayor coste.

Desconozco todos estos pormenores, pero lo que si nos debe de preocupar tanto que la industria farmacéutica investigadora sea tan voraz con los presupuestos del Estado dedicados a pagar la factura de los medicamentos, como el hecho de que pudiésemos quedar relegados sólo al uso de genéricos y permanecer durante diez años (lo que duran las patentes habitualmente) sin las nuevas aportaciones terapéuticas, de reciente investigación, respecto a otros países de nuestro entorno.

 

Alberto G. Sierra

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